El silencio en la cámara subterránea del oasis de Siwa no era un vacío, sino una presencia física que pesaba sobre los hombros de Alaric e Isolde. La luz de la linterna, apoyada sobre la mesa de piedra, proyectaba sombras alargadas que danzaban sobre los frescos de los "antiguos", cuyas miradas plateadas parecían juzgar el presente desde la eternidad. Alaric sostenía la fotografía amarillenta con una fijeza que asustaba; sus nudillos estaban blancos por la presión, y el vínculo de sangre enviab