El viaje hacia el Oasis de Siwa no fue solo un traslado físico a través de las dunas ardientes del desierto egipcio; fue una transición espiritual hacia un reino donde el tiempo parecía haberse rendido ante la inmensidad de la arena. El vehículo todoterreno de Alaric avanzaba con una cadencia pesada, devorando kilómetros de nada bajo un sol que no castigaba, sino que parecía querer purificarlos. En el interior, el aire acondicionado luchaba contra el calor exterior, pero el verdadero incendio e