La oscuridad en los sótanos del Palacio de Montaza no era un vacío, sino una entidad densa, impregnada del olor a salitre viejo, a piedra caliza húmeda y a un aroma químico sutil que Isolde reconoció como el rastro del Círculo de Hierro. Cada paso que daban sobre el suelo de piedra desigual resonaba en sus oídos, pero gracias al vínculo de sangre, el sonido se transformaba en una vibración que recorría su espina dorsal, entrelazándose con el latido del corazón de Alaric. Él caminaba medio paso