El Mediterráneo no era esa noche el espejo azul de los folletos turísticos, sino una masa de obsidiana líquida que golpeaba contra el casco de la pequeña embarcación con una insistencia casi hipnótica. La lancha motora, elegida por Alaric por su perfil bajo y su motor silencioso, se deslizaba sobre las olas con la cautela de un depredador nocturno. El aire marino, saturado de sal y de una humedad que se calaba hasta los huesos, soplaba con una fuerza moderada, agitando los cabellos de Isolde. E