El balcón del Palacio de Montaza crujía bajo sus pies, un lamento de mármol y hierro que anunciaba el fin de una era. Detrás de ellos, las llamas lamían las ricas colgaduras de seda y devoraban siglos de historia dinástica con un apetito voraz. El aire era una mezcla sofocante de humo acre y la brisa salina del Mediterráneo que soplaba desde el abismo, a treinta metros por debajo de sus pies. Alaric sostenía a Julian contra su costado, mientras su otra mano seguía soldada a la de Isolde con una