El MS Antares comenzó a reducir su marcha, y el cambio en la vibración del suelo fue tan sutil que solo alguien cuya vida dependiera de los sentidos, como Alaric, o alguien cuyo miedo la mantuviera en un estado de hipervigilancia, como Isolde, podría haberlo notado. El ronroneo profundo de los motores se transformó en un gemido sordo, una nota baja que parecía rebotar en las paredes metálicas del pasillo. Isolde apretó a Phoenix contra su pecho; el niño estaba ahora en un silencio absoluto, una