El MS Antares avanzaba con una lentitud exasperante, como si el propio Mediterráneo se resistiera a entregar a sus pasajeros al destino que les aguardaba en las costas de Egipto. En el interior del camarote, el aire se había vuelto pesado, una mezcla de la humedad salina que se filtraba por las juntas de la puerta y el calor humano que emanaba de la litera donde Alaric e Isolde compartían un espacio que se sentía, a la vez, como un refugio y una prisión de terciopelo y acero.
Isolde no podía do