El estruendo de los primeros disparos resonó contra los acantilados de Positano, quebrando la cristalería veneciana y sumergiendo la elegancia de la cena en un caos de pólvora y gritos. Las bengalas rojas lanzadas desde el mar tiñeron de un carmesí siniestro las paredes de mármol de la villa. Alaric, en un movimiento fluido y mecánico, derribó la pesada mesa de caoba del comedor para crear un parapeto improvisado, mientras atraía a Isolde hacia el suelo.
—¡Marcus! ¡Protocolo Sigma! —rugió Alari