La cena del sábado en Positano no era un evento social; era una coreografía de máscaras. La villa, bañada por el resplandor de cientos de velas de cera de abeja, parecía un palacio surgido de un sueño renacentista, pero para Isolde, cada sombra proyectada en las paredes de estuco era una amenaza potencial. El aire olía a una mezcla embriagadora de limón de la costa, perfume francés y el sutil pero inconfundible aroma del peligro.
Alaric estaba impecable en un esmoquin a medida que ocultaba las