El interior del camarote en el MS Antares era lo opuesto al lujo de Positano. Paredes de acero pintadas de un gris industrial, el zumbido constante y vibrante de los motores del buque de carga, y el olor a aceite y salitre que se filtraba por los conductos de ventilación. Sin embargo, para Isolde, aquel espacio de tres por tres metros era el santuario más sagrado del mundo, porque en él, su familia todavía respiraba.
La luz de una pequeña lámpara de lectura, asegurada a la pared con imanes, pro