La brisa de Positano traía consigo el aroma del jazmín y el salitre, pero para Alaric Vance, el aire todavía conservaba un rastro imaginario de pólvora. Estaba de pie en el balcón de la villa, observando cómo la luz de la luna se fragmentaba sobre las olas del Mediterráneo. Su mano derecha, marcada por una cicatriz que le recorría desde el nudillo hasta la muñeca, apretaba la barandilla de mármol con una fuerza que delataba su inquietud interna.
Habían pasado apenas unos meses desde la caída de