Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto hacia la finca de Bedford se convirtió en un ejercicio de resistencia psicológica. El paisaje urbano de Nueva York, con sus rascacielos que arañaban el cielo gris y su asfalto agrietado, fue dando paso gradualmente a la frondosidad de Westchester. Sin embargo, para Isolde, la belleza de los árboles teñidos por el otoño no ofrecía consuelo; cada rama parecía una silueta vigilante y cada claro en el bosque una oportunidad para una emboscada. Dentro del SUV, el silencio era tan denso que podía sentirse en los oídos, roto únicamente por el zumbido de los neumáticos y las intermitentes comunicaciones de radio de Marcus, que informaba de la posición del helicóptero de Julian con la precisión de un controlador aéreo.
Alaric no había vuelto a guardar el arma por completo; la mantenía en el compartimento central, al alcance de su mano derecha. Su perfil, recortado contra la luz cambiante del exterior, era una lección de estoicismo. Isolde lo observaba de reojo, tratando de reconciliar al hombre que acababa de disparar fríamente contra un motor en marcha con el joven que una vez le recitó versos de Neruda mientras caminaban por el Gran Canal. ¿En qué momento el amor se había transformado en balística? ¿En qué momento la vida de los Vance se había vuelto tan valiosa y tan maldita que requería un ejército privado para un simple traslado médico?
Finalmente, el vehículo aminoró la velocidad frente a una imponente puerta de hierro forjado, oculta tras un muro de piedra cubierto de hiedra que parecía haber estado allí durante siglos. No había letreros que indicaran la presencia de una clínica, ni cámaras visibles a simple vista, pero Isolde notó cómo Marcus se detenía exactamente sobre una placa de metal en el suelo y esperaba. Tras unos segundos de escaneo invisible, los pesados portones se abrieron con un gemido hidráulico casi imperceptible.
La finca de la Dra. Sterling no era un hospital, sino una contradicción arquitectónica. Era una mansión de estilo Tudor que escondía en sus entrañas la tecnología genética más avanzada del hemisferio occidental. Al bajar del coche, el aire frío y limpio de Bedford golpeó el rostro de Isolde, haciéndola inhalar profundamente después de horas de aire reciclado y pólvora. En el césped trasero, el helicóptero médico ya había aterrizado y un equipo de enfermeros estaba trasladando la camilla de Julian hacia una de las entradas laterales.
Isolde corrió hacia ellos, ignorando la mano de Alaric que intentaba detenerla. Necesitaba ver a su hijo, necesitaba confirmar que el vuelo no había alterado su frágil estabilidad. Julian estaba pálido, casi translúcido bajo la luz del sol, pero sus constantes en el monitor portátil seguían siendo estables. La Dra. Sterling, una mujer de unos sesenta años con una mirada que irradiaba una inteligencia gélida y una autoridad indiscutible, salió a su encuentro.
—Sra. Thorne, soy la Dra. Abigail Sterling. Sé que ha sido un viaje traumático, pero mi equipo ya se está haciendo cargo de Julian. Esta instalación tiene su propia red eléctrica independiente y un blindaje contra interferencias electromagnéticas. Aquí, el Círculo de Hierro es ciego —dijo la doctora, estrechando la mano de Isolde con una firmeza que pretendía ser reconfortante—. Sr. Vance, es bueno volver a verlo, aunque las circunstancias sean deplorables.
—Ahorre las cortesías, Abigail —respondió Alaric, situándose detrás de Isolde como una sombra protectora—. Julian es la prioridad absoluta. Pero también debemos empezar con Isolde. El tiempo que ganamos con el estabilizador de Boston no es infinito.
La Dra. Sterling asintió y guio al grupo hacia el interior. El contraste entre el exterior clásico y el interior hipertecnológico era desconcertante. Paredes de vidrio inteligente, suelos de resina blanca y laboratorios que parecían sacados de una estación espacial. Isolde se sintió de repente como una pieza en una línea de montaje de alta precisión. La doctora la condujo a una sala de consulta privada, donde el aroma a lavanda intentaba camuflar el olor a ozono de los equipos.
—Isolde, debemos ser muy claras sobre lo que vamos a emprender —empezó Sterling, señalando una pantalla donde se proyectaban secuencias de ADN—. No solo vamos a realizar una fertilización in vitro. Vamos a realizar un diagnóstico genético preimplantacional (DGP) extremadamente específico. Buscamos un embrión que no solo esté libre de la mutación de Fanconi, sino que posea una compatibilidad HLA perfecta con Julian. Estadísticamente, esto requiere la creación de múltiples embriones para encontrar el "espejo" inmunológico exacto.
Isolde escuchaba las palabras —embriones, selección, compatibilidad— y sentía que su propia humanidad se diluía en términos médicos. Miró a Alaric, que permanecía de pie junto a la puerta, observando la pantalla con una fijeza casi obsesiva.
—¿Y si no lo encontramos en el primer intento? —preguntó Isolde, su voz vibrando con un temor que no podía reprimir.
—Seguiremos intentándolo —intervino Alaric antes de que la doctora pudiera responder—. Tenemos los recursos y tenemos la determinación. No nos detendremos hasta que tengamos la cura en nuestras manos.
—No es una "cura", Alaric, es un ser humano —le espetó Isolde, girándose hacia él—. Estás hablando de nuestro futuro hijo como si fuera una pieza de repuesto que pides por catálogo. ¿No te das cuenta de lo que estamos haciendo?
—Estoy salvando la vida de Julian, Isolde. Y si para eso tengo que traer al mundo a otro niño que nacerá con la mejor protección, la mejor educación y el amor de una madre como tú, entonces no veo el dilema ético. El dilema sería dejar que Julian muera por una cuestión de semántica moral.
La Dra. Sterling carraspeó, tratando de mediar en la tensión que amenazaba con incendiar la sala. —El proceso comenzará esta noche con una estimulación ovárica intensiva. Isolde, debido a la urgencia, usaremos un protocolo de dosis altas. Es probable que experimentes cambios de humor, fatiga extrema e inflamación. Necesitaremos que permanezcas en reposo absoluto aquí en la finca. Alaric, usted deberá proporcionar su muestra en las próximas horas para iniciar la fertilización in vitro en cuanto los ovocitos estén listos.
El silencio que siguió a las instrucciones fue sepulcral. La realidad de la procreación asistida bajo estas circunstancias de odio y peligro era una carga casi insoportable. Alaric asintió con la cabeza, una aceptación formal de su papel biológico en este drama. Isolde, por su parte, sentía que su cuerpo estaba dejando de ser suyo para convertirse en el campo de batalla final de los Vance.
Tras la consulta, Isolde fue instalada en una habitación que parecía una suite de hotel de cinco estrellas, pero con monitores médicos ocultos tras paneles de madera. Desde su ventana, podía ver los jardines de la finca, donde hombres de negro patrullaban con perros guardianes. Era una jaula de oro, diseñada para proteger la semilla de una esperanza que se sentía manchada por la tragedia.
Al caer la noche, Alaric entró en su habitación. No llamó, simplemente entró, moviéndose con esa familiaridad invasiva que a Isolde tanto le irritaba y, secretamente, le recordaba a sus días de felicidad. Se acercó a la cama donde ella estaba recostada, sintiendo ya los primeros efectos de la medicación preparatoria.
—Julian está durmiendo —dijo él, sentándose en el borde de la cama—. Su ritmo cardíaco es mejor que en el hospital. La doctora dice que el aire del campo y la ausencia de ruido urbano le están ayudando.
—Me alegra oírlo —respondió ella, mirando hacia el techo—. Es lo único que me importa en este momento.
—Isolde, sé que piensas que soy un monstruo por cómo manejo esto —Alaric bajó la voz, y por un momento, la dureza de sus ojos se suavizó—. Pero quiero que sepas que este hijo... este nuevo hijo... no será solo un salvador para Julian. Para mí, es una oportunidad de hacer las cosas bien desde el principio. Una oportunidad de ser el padre que no pude ser estos cinco años.
Isolde se giró para mirarlo, sus ojos llenos de una sospecha dolorosa. —No puedes comprar tu redención con un nuevo hijo, Alaric. La redención se gana con la verdad, no con laboratorios y guardias armados. Me pediste que confiara en ti por lo de Venecia, y lo intento, pero cada vez que abres la boca para hablar de este proceso, siento que solo ves números y resultados.
Alaric extendió la mano y, esta vez, Isolde no se apartó cuando él acarició su frente. Sus dedos eran cálidos y su tacto provocó una oleada de recuerdos que ella intentó sofocar. —Veo una salida, Isolde. Veo un futuro donde Julian está sano y donde tú no tienes que mirar por encima del hombro cada vez que sales a la calle. Si eso me convierte en un estratega frío a tus ojos, aceptaré ese papel. Pero no dudes ni por un segundo que daría cada gota de mi sangre para que no tuvieras que pasar por esto.
Él se levantó y caminó hacia la puerta, deteniéndose antes de salir. —Mañana es el día más importante. Descansa. He puesto a Marcus en la puerta de tu habitación. Estás a salvo aquí.
Isolde se quedó sola en la penumbra, sintiendo el latido de su propio corazón y la extraña pesadez en su vientre. En las sombras de la habitación, las promesas de Alaric y las amenazas del Círculo de Hierro parecían entrelazarse en una danza macabra. Sabía que la clínica de Bedford era una fortaleza de cristal: hermosa, impenetrable desde fuera, pero propensa a romperse en mil pedazos desde dentro si la verdad y el dolor seguían presionando sus muros.
Mientras conciliaba un sueño inquieto, Isolde soñó con Venecia. Pero en el sueño, el agua de los canales no era azul, sino de un hierro oscuro y frío, y Alaric no la dejaba en la cama, sino que se hundía con ella en las profundidades, tratando de alcanzar una luz que siempre estaba fuera de su alcance. La guerra por la vida de Julian apenas estaba comenzando, y el precio de la victoria, sospechaba ella, sería más alto de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.
A la mañana siguiente, el proceso médico comenzó con una frialdad técnica que no dejó espacio para la emoción. La Dra. Sterling y su equipo se movían con una eficiencia aterradora, transformando el cuerpo de Isolde en una prioridad científica. Alaric, por su parte, desapareció en el centro de comando de la finca, coordinando con sus aliados internacionales para asegurar que el Círculo de Hierro no encontrara la brecha en su armadura. El pacto estaba en marcha, y con cada inyección, con cada análisis, el destino de la familia Vance se sellaba en una hélice de ADN que prometía salvación, pero que también amenazaba con desenterrar los secretos más profundos de un linaje construido sobre el poder y el sacrificio.







