El aire en el pasillo de la séptima planta del Hospital Presbiteriano se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Isolde se erizara. No era solo la anticipación del peligro, sino la atmósfera que Alaric Vance creaba a su alrededor: una burbuja de autoridad absoluta que parecía suspender las leyes de la física y la moralidad común.
Isolde caminaba detrás de él, observando la amplitud de sus hombros bajo la camisa blanca, ahora arrugada y co