Capitulo 16

El aire en el pasillo de la séptima planta del Hospital Presbiteriano se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Isolde se erizara. No era solo la anticipación del peligro, sino la atmósfera que Alaric Vance creaba a su alrededor: una burbuja de autoridad absoluta que parecía suspender las leyes de la física y la moralidad común.

Isolde caminaba detrás de él, observando la amplitud de sus hombros bajo la camisa blanca, ahora arrugada y con manchas de sudor que delataban la noche en vela. Se sentía como si estuviera siguiendo a un general hacia una batalla que ella no había pedido, pero de la cual era el premio principal. A su lado, Marcus se comunicaba mediante un auricular apenas visible, su rostro una máscara de piedra que no revelaba ni una pizca de emoción humana.

—Señor, el perímetro exterior está comprometido por los medios, pero hemos detectado dos vehículos no identificados bloqueando la salida de emergencia del nivel B —la voz de Marcus, aunque baja, resonó en el pasillo vacío.

Alaric no se detuvo. Sus pasos rítmicos contra el suelo pulido eran la única música en ese entorno estéril. —No usaremos la salida de emergencia, Marcus. Eso es lo que ellos esperan. Usaremos el helipuerto de la torre norte. Que el piloto encienda los motores ahora. Quiero que el ruido cubra cualquier movimiento en la azotea.

Isolde aceleró el paso para ponerse a su altura. —Alaric, ¿y Julian? No podemos moverlo así como así. Acaba de recibir una infusión experimental. Su cuerpo es... es cristal en este momento. Si hay una fluctuación en la presión o un cambio brusco de temperatura, podríamos perder todo lo que hemos ganado.

Alaric se detuvo en seco frente a las puertas del ascensor privado. Se giró hacia ella, y por un segundo, Isolde vio la grieta en su armadura. Sus ojos grises no solo estaban cansados; estaban atormentados por una duda que solo los hombres que lo arriesgan todo pueden sentir. —Lo sé, Isolde. Lo sé mejor que nadie. Pero si nos quedamos aquí, somos un blanco fijo. El sabotaje en la ventilación fue solo una sonda, un test de nuestra respuesta. El Círculo no quiere matar a Julian; quieren capturarlo. Quieren la palanca definitiva sobre los Vance. Prefiero arriesgar su estabilidad en un traslado controlado que dejarlo a merced de lo que esos hombres son capaces de hacer en un asalto frontal.

Isolde apretó los puños. La lógica de Alaric era una espada de doble filo: siempre elegía el mal menor, pero ambos males eran atroces. —Si algo le pasa en ese helicóptero... —empezó ella, su voz quebrándose.

—No le pasará nada —la interrumpió él, tomando su rostro entre sus manos. Sus palmas estaban calientes y firmes, un ancla en medio de la tormenta—. He transformado el helicóptero en una unidad de cuidados intensivos móvil. La Dra. Miller y el equipo de Boston irán con él. Tú y yo iremos en un segundo vehículo para atraer cualquier persecución.

Isolde lo miró con incredulidad. —¿Quieres que nos usemos como señuelos?

—Es la única forma de asegurar que el cielo esté despejado para él —respondió Alaric, su mirada clavada en la de ella con una intensidad que la obligaba a confiar—. Marcus y yo hemos diseñado una ruta de escape por los túneles de servicio que conectan con la antigua estación de metro de la calle 63. No nos verán salir.

El ascensor llegó con un tintineo sordo. Alaric la guio hacia adentro, y Marcus se quedó fuera, coordinando el inicio de la maniobra. Mientras las puertas se cerraban, Isolde sintió que el mundo que conocía —el de los tribunales, los contratos y la crianza solitaria— se desvanecía por completo.

El trayecto hacia el sótano fue un descenso a la oscuridad. Alaric permaneció en silencio, observando los números de los pisos descender en el panel digital. Isolde aprovechó ese momento para observar su propio reflejo en las paredes de acero inoxidable del ascensor. Se veía demacrada. El tratamiento hormonal que había comenzado apenas unas horas antes estaba empezando a jugarle pasadas; sentía una náusea ligera y un zumbido en los oídos que podía ser estrés o la química alterando su sistema.

Se tocó el vientre. Allí, en ese espacio que una vez albergó a Julian, pronto habría otra vida. Un "hermano salvador". La sola idea de concebir una vida con un propósito tan utilitario le causaba una repulsión ética que luchaba contra su instinto de supervivencia. ¿Qué le diría a ese niño cuando creciera? "¿Naciste para que tu hermano no muriera?". Era una carga que ningún ser humano debería llevar.

—Estás pensando en el futuro —dijo Alaric, rompiendo el silencio. No la miraba, pero parecía leer su aura—. No lo hagas, Isolde. El futuro es un lujo que no podemos permitirnos hoy. Hoy solo existe el siguiente paso.

—Es fácil para ti decirlo —respondió ella con amargura—. Tú vives en el siguiente paso. Pero yo tengo que vivir con las consecuencias de tus pasos de hace cinco años. Julian es una consecuencia. Este nuevo embarazo es una consecuencia. Todo en mi vida tiene tu firma, Alaric, y ni siquiera estoy segura de haber dado mi consentimiento.

Alaric cerró los ojos y apoyó la nuca contra la pared del ascensor. —Tu consentimiento fue lo único que siempre quise proteger. Por eso me fui. Por eso estoy aquí. Si pudiera extraer el dolor de tu cuerpo y ponerlo en el mío, lo haría sin parpadear. Pero lo único que puedo darte es seguridad. Una seguridad sangrienta y costosa, pero seguridad al fin.

Las puertas se abrieron en el nivel -3. El olor allí era diferente: una mezcla de humedad, ozono y combustible diesel. Marcus ya estaba allí, junto a dos SUVs blindados de color negro mate que parecían tanques urbanos. Un equipo de hombres armados con chalecos tácticos y fusiles de asalto cortos se movía con precisión militar alrededor de los vehículos.

—El niño está en el aire —informó Marcus, señalando hacia arriba—. El helicóptero despegó hace tres minutos. No hubo resistencia en la azotea. Hemos interceptado una comunicación del Círculo; creen que el objetivo sigue en la suite de la séptima planta gracias al bucle de video que insertamos en sus sistemas.

Alaric asintió, su rostro volviéndose de nuevo una máscara de mando. —Bien. Isolde, sube al primer coche. No te quites el cinturón y mantén la cabeza baja. Marcus, tú conduces. Yo iré en el asiento del copiloto.

El motor del SUV rugió a la vida con un sonido ronco y poderoso. Isolde se hundió en el asiento trasero, rodeada por el cuero negro y el olor a vehículo nuevo. Las ventanas eran tan gruesas que el mundo exterior se veía ligeramente distorsionado, como si estuviera mirando a través de una pecera.

Salieron del hospital no por la rampa principal, sino a través de un portón de carga pesado que se cerró inmediatamente detrás de ellos. El túnel de servicio era estrecho, iluminado por luces de sodio amarillentas que pasaban sobre ellos como ráfagas de fuego.

Isolde sentía cada irregularidad del terreno. Su mente no dejaba de viajar hacia el cielo, imaginando a Julian en el helicóptero, rodeado de máquinas, volando sobre los rascacielos de una ciudad que no sabía que un pequeño príncipe estaba luchando por su trono biológico.

—¿A dónde vamos realmente, Alaric? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara.

—A la clínica de la Dra. Sterling —respondió él sin girarse—. Pero no está donde dicen los registros públicos. La Sterling tiene una instalación privada en una antigua finca en las afueras de Bedford, Nueva York. Es una zona de exclusión aérea y tiene su propio sistema de defensa. Allí es donde Julian estará seguro, y allí es donde empezaremos nuestro proceso.

—¿Una finca privada? —Isolde frunció el ceño—. ¿Desde cuándo planificas esto?

Alaric hizo una pausa, y por un momento, el único sonido fue el rodar de los neumáticos sobre el pavimento irregular. —Desde el día que descubrí que Julian existía. Marcus me informó de su enfermedad hace tres meses. He pasado cada día desde entonces preparando Bedford para este momento.

Isolde sintió un golpe de furia. —¿Tres meses? —gritó ella, inclinándose hacia adelante—. ¿Sabías que Julian estaba enfermo hace tres meses y me dejaste luchar sola con los médicos? ¿Me dejaste llorar en los pasillos de los hospitales públicos mientras tú construías una "finca privada"?

Alaric se giró a medias, su mirada cargada de una lógica fría que la enfurecía aún más. —No podía acercarme antes, Isolde. El Círculo me estaba vigilando en Londres. Si hubiera venido en ese momento, habría traído a los asesinos directamente a tu puerta cuando Julian aún era capaz de caminar. Tuve que esperar a tener los recursos necesarios para enfrentarlos y asegurar la clínica. Tuve que jugar al marido ausente con Catalina un poco más para que no sospecharan de mi desvío de fondos hacia Nueva York.

—¡Es mi hijo! —exclamó ella—. Tenías que habérmelo dicho.

—Tenía que salvarlo —sentenció él—. Y para salvarlo, tú tenías que seguir siendo invisible para ellos. El hecho de que estés aquí ahora, conmigo, es el mayor riesgo que he tomado jamás.

De repente, el SUV dio un bandazo violento hacia la izquierda. Marcus maldijo y giró el volante con fuerza. —¡Contacto! —gritó Marcus—. Un sedán gris ha salido del callejón lateral. Nos han encontrado.

Isolde se agarró a la manija de la puerta mientras el coche aceleraba. A través de la luneta trasera, pudo ver las luces de un vehículo que los seguía de cerca. No eran las luces de la policía; eran focos potentes que intentaban cegar a Marcus.

—¡Sujétate! —rugió Alaric.

Sacó un arma de la guantera con una naturalidad que aterrorizó a Isolde. El hombre que una vez le leía poesía en Venecia ahora estaba verificando el cargador de una pistola semiautomática mientras el coche alcanzaba los 120 km/h en un túnel de servicio.

—Marcus, el puente de la 59 —ordenó Alaric—. Usa la contramedida de humo si se acercan más.

El estruendo de un impacto lateral sacudió el SUV. Los asaltantes intentaban sacarlos de la carretera. Isolde cerró los ojos y empezó a rezar, una letanía de nombres y miedos que se mezclaban con el olor a neumático quemado.

—No les dispares a menos que bajen la ventana, Marcus —dijo Alaric, su voz increíblemente calmada, casi clínica—. Quiero que piensen que estamos asustados. Llévalos hacia el punto de control de la unidad cuatro.

El coche salió del túnel a la luz de la mañana, que ahora se sentía cegadora. Estaban en Long Island City, en una zona industrial de almacenes abandonados. El sedán gris seguía allí, y un segundo vehículo se unió a la persecución. Eran profesionales; mantenían la distancia justa para no ser embestidos, pero lo suficientemente cerca para realizar un disparo de precisión si la oportunidad surgía.

Isolde miró a Alaric. Él estaba observando el espejo retrovisor, esperando. Su dedo índice descansaba fuera del gatillo, siguiendo una disciplina que solo se adquiere en años de violencia real.

—Isolde, mírame —dijo él sin apartar la vista del espejo—. En treinta segundos, vamos a dar un giro de 180 grados. Va a ser brusco. Quiero que te tires al suelo del coche y te cubras la cabeza con los cojines. ¿Me oyes?

—Alaric...

—¡¿Me oyes?!

—Sí —respondió ella, deslizándose hacia el suelo alfombrado del SUV, sintiéndose pequeña y vulnerable en medio de una guerra de titanes.

—Ahora, Marcus. ¡Hazlo!

El chirrido de los frenos y el derrape de los neumáticos fue ensordecedor. El SUV giró sobre su propio eje en una maniobra de J-turn perfecta. Isolde sintió que su estómago subía a su garganta. El coche se detuvo en seco y escuchó el sonido de la ventanilla del copiloto bajando.

Luego, el estruendo. Tres disparos secos, precisos. Pum. Pum. Pum.

El silencio que siguió fue casi más aterrador que los disparos. Escuchó el sonido de un motor acelerando en la distancia y luego el impacto de metal contra metal.

—Blanco inhabilitado —informó Marcus con frialdad—. El radiador del primer sedán está destruido. El segundo ha abortado la persecución.

Alaric subió la ventanilla y guardó el arma. El olor a pólvora inundó el interior del coche, un aroma metálico y acre que se mezcló con el perfume de Isolde. —Puedes levantarte, Isolde. Se han ido.

Ella se sentó de nuevo en el asiento, temblando incontrolablemente. Miró a Alaric, y por primera vez, no vio al hombre que la abandonó, ni al magnate que la manipulaba. Vio al protector letal en el que se había convertido. Un hombre que mataría y moriría sin dudarlo para que el corazón de Julian siguiera latiendo.

—¿Estás herida? —preguntó él, y esta vez su voz tenía una nota de ternura real, una preocupación que atravesaba su máscara de hierro.

—Solo... solo quiero llegar a la clínica —susurró ella, abrazándose a sí misma—. Solo quiero que esta pesadilla se detenga.

—Llegaremos —prometió él—. Y una vez dentro de Bedford, el mundo exterior dejará de existir. Solo seremos nosotros, Julian y el milagro que vamos a crear.

El coche retomó la marcha, esta vez a una velocidad legal, perdiéndose entre el tráfico de la mañana que despertaba, ajeno a que en un SUV negro, una abogada y un fantasma de Venecia acababan de sobrevivir al primer asalto de una guerra que duraría mil capítulos más.

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