Capitulo 12

Isolde se quedó mirando la puerta cerrada mucho después de que Alaric se marchara. Sus palabras —"hermano salvador"— flotaban en la penumbra de la habitación como una sentencia de muerte y una promesa de vida al mismo tiempo. Se sentía como si estuviera atrapada en un mecanismo de relojería que no podía detener, donde cada engranaje era una exigencia de Alaric Vance.

Caminó hacia el pequeño baño de la suite y se apoyó en el lavabo de mármol. El espejo le devolvió la imagen de una mujer que apenas reconocía. Había una palidez enfermiza en sus mejillas y sus ojos, antes brillantes y astutos, estaban empañados por una fatiga que nacía en el alma.

—¿Un hijo? —susurró, y la palabra sonó como una blasfemia en el silencio—. ¿Quiere que traigamos otra vida a este caos para salvar la que él mismo permitió que se marchitara?

La idea era de una frialdad técnica que la horrorizaba. Concebir mediante selección genética, implantar un embrión, esperar nueve meses mientras Julian se aferraba a la vida... Era una apuesta contra el tiempo y contra su propia dignidad. Pero lo que más le dolía no era la frialdad de la ciencia, sino la implicación física y emocional de volver a unirse al hombre que le había destrozado la existencia.

Alaric no hablaba solo de laboratorios; hablaba de una intimidad que ella había jurado no volver a compartir. Aunque fuera mediante fertilización in vitro, el proceso los obligaría a ser una pareja en el sentido más biológico y burocrático de la palabra. Tendrían que firmar documentos, asistir a clínicas, compartir esperas. Tendrían que ser, de nuevo, ellos.

Regresó al lado de Julian y se sentó en el suelo, apoyando la cabeza contra el colchón de la cama médica.

—Perdóname, mi amor —murmuró, tomando la mano pequeña de su hijo—. Perdóname por ser tan débil que la sola idea de salvarte me causa terror.

Sus pensamientos volvieron a la noche en el ático. Había estado a punto de entregarse a él por un contrato de divorcio y una promesa de ayuda médica. Ahora, la apuesta era infinitamente mayor. Alaric estaba usando el amor que ella sentía por Julian como un anzuelo para arrastrarla de vuelta a su órbita.

¿Era Alaric un hombre desesperado por salvar a su hijo o un estratega que aprovechaba la tragedia para recuperar su propiedad? Con él, la línea siempre era borrosa.

Recordó cómo él la había sujetado por los brazos minutos antes. No había visto triunfo en sus ojos, sino una determinación sombría, casi suicida. "Vacíenme si es necesario", le había dicho a los médicos. Esa frase no encajaba con el villano que ella había construido en su mente durante cinco años. Un villano no se ofrece como sacrificio. Un villano no mira a su hijo con esa mezcla de asombro y agonía.

—¿Quién eres realmente, Alaric Vance? —se preguntó en voz alta.

Isolde sabía que no podía tomar esta decisión sola. Pero tampoco tenía a nadie más. Su madre había muerto hacía años y sus amistades en el mundo legal eran competitivas y superficiales. Estaba sola en una suite de lujo, rodeada de la tecnología más avanzada del mundo, y nunca se había sentido tan desamparada.

De repente, la puerta de la suite se abrió con suavidad. No era Alaric, sino una enfermera joven con un carrito de medicación.

—Sra. Thorne, el Sr. Vance ha dejado instrucciones de que le traiga esto —dijo la mujer, extendiendo una bandeja con una cena ligera y una taza de té humeante—. También dijo que, si lo desea, hay una habitación de descanso preparada para usted al final del pasillo. Él... él está en la sala de juntas del hospital con los especialistas de Boston por videoconferencia.

Isolde miró la comida. Alaric cuidando los detalles, como siempre. Alimentándola mientras planeaba cómo alterar el curso de su genética.

—Dígale al Sr. Vance que no tengo hambre —respondió Isolde con frialdad—. Y que no necesito una habitación de descanso. Mi lugar es aquí.

—Él imaginó que diría eso —la enfermera sonrió con timidez—. Por eso también me pidió que le entregara este sobre. Dijo que son las "garantías" que usted suele pedir en sus contratos.

La enfermera dejó un sobre de color crema sobre la mesa y se retiró tras administrar la medicación a Julian.

Isolde tomó el sobre con dedos temblorosos. Al abrirlo, no encontró una carta de amor ni una disculpa. Encontró un documento legal firmado ante notario esa misma noche. En él, Alaric renunciaba a cualquier derecho de custodia sobre Julian y sobre "cualquier futuro descendiente" en caso de que ella decidiera marcharse después del tratamiento. Le otorgaba el control total de la Fundación Vance en lo que respectaba a las decisiones médicas de su hijo.

Era un documento de rendición.

Alaric le estaba entregando las armas antes de empezar la guerra. Le estaba diciendo que no buscaba atraparla, sino que estaba dispuesto a ser solo una herramienta para la salvación de Julian.

Isolde dejó caer el documento sobre sus falda. Las lágrimas, que había estado conteniendo con orgullo, empezaron a caer silenciosamente. Odiaba que él la conociera tan bien. Odiaba que supiera que su mayor miedo era perder su autonomía, su control sobre la vida que tanto le había costado construir.

Pero sobre todo, odiaba que, con ese gesto, él acababa de derribar la última excusa que ella tenía para decirle que no.

Si aceptaba, Julian tendría una oportunidad. Si aceptaba, tendría que enfrentarse al fantasma de Venecia todos los días. Si aceptaba... el silencio entre sus latidos se llenaría con el eco de un pasado que no estaba tan muerto como ella creía.

Miró el monitor de Julian. El ritmo era estable, pero la línea era frágil.

—Está bien, Alaric —susurró hacia la habitación vacía, aunque sabía que él, de alguna manera, la escucharía—. Tú ganas. Pero no creas que esto nos une. Esto solo nos ata a la misma tragedia.

Se acurrucó en el sillón, con el documento de Alaric apretado contra su pecho, esperando que el amanecer le trajera la fuerza necesaria para enfrentar el contrato más difícil de su vida: el de crear una vida para salvar otra.

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