Isolde se quedó mirando la puerta cerrada mucho después de que Alaric se marchara. Sus palabras —"hermano salvador"— flotaban en la penumbra de la habitación como una sentencia de muerte y una promesa de vida al mismo tiempo. Se sentía como si estuviera atrapada en un mecanismo de relojería que no podía detener, donde cada engranaje era una exigencia de Alaric Vance.
Caminó hacia el pequeño baño de la suite y se apoyó en el lavabo de mármol. El espejo le devolvió la imagen de una mujer que apen