Valeria se despertó con el sonido suave de las olas rompiendo en la orilla. Eran las 7:45 a.m. La villa en Punta Cana estaba envuelta en una luz dorada que entraba por las cortinas blancas. Diego dormía a su lado, el brazo rodeando su cintura, su respiración tranquila y profunda. Por primera vez en más de un año, no había miedo. No había mensajes. No había sombras.
Ella se quedó mirándolo unos segundos, memorizando cada detalle: la mandíbula fuerte, las pequeñas arrugas alrededor de los ojos qu