Valeria apenas durmió el resto de la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía las palabras del mensaje brillando en la oscuridad: “Ella ha vuelto… ni siquiera a tus hijos.”A las seis y media de la mañana, Mateo entró corriendo a la habitación, todavía en pijama, con el cabello revuelto.— ¡Mami! ¡Hoy es el partido de fútbol en el colegio! ¿Papá va a poder ir?Emma, que venía detrás con su muñeca favorita, se subió a la cama y se acurrucó contra el pecho de Valeria.— Yo quiero que papá me lleve al parque después — dijo con su vocecita dulce.Diego se despertó con una sonrisa perezosa y abrazó a los tres al mismo tiempo.— Claro que sí, campeón. Y tú, princesita, iremos al parque. Hoy no tengo reuniones importantes.Valeria observó la escena desde fuera de su propio cuerpo. La imagen era perfecta: un padre amoroso, una familia unida, risas llenando la habitación. Pero dentro de ella todo se sentía roto.Forzó una sonrisa y besó la frente de Emma.— Vamos a preparar el desayuno. Mate
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