Cien años después de aquel contrato de odio que cambió todo, la casa frente al mar seguía en pie.
El flamboyán que Lia plantó con sus propias manos ya era un árbol monumental, tan grande que su sombra cubría casi toda la propiedad. Sus flores rojas seguían cayendo cada verano con la misma intensidad, como si el árbol se negara a olvidar.
Era 12 de julio de 2125.
Una joven de diecinueve años llamada Amelia, tataranieta de Mateo, caminaba descalza por la arena al atardecer. Llevaba en las manos u