Flores eternas

Veinte años después de la partida de Mateo, la casa frente al mar seguía siendo un refugio vivo.

Ahora la dirigía la tercera generación. La pequeña Lia, que ya tenía veintisiete años, era la directora del proyecto. Había dejado la medicina para dedicarse por completo a continuar el legado de su bisabuela. A su lado trabajaba el hijo de Samuel, quien había heredado tanto el amor por la arquitectura como por ayudar a los niños.

Era un 12 de julio más. El flamboyán seguía siendo el rey de la propi
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