Veinticinco años después de la partida de Lia, la casa frente al mar seguía en pie, más fuerte y más viva que nunca.
Mateo tenía setenta y cinco años. Su cabello era completamente blanco y sus pasos eran lentos, pero sus ojos conservaban la misma profundidad de siempre. Ya no caminaba solo por la playa, pero todas las mañanas se sentaba bajo el flamboyán con una taza de café, exactamente como hacía su madre.
Esa mañana de julio, la familia completa estaba reunida. Daniela, de cincuenta y ocho a