Ciento veinte años después de que Lia firmara aquel contrato de odio, una niña de ocho años llamada Sol llegó por primera vez a la casa frente al mar.
Era una mañana de julio particularmente hermosa. El flamboyán estaba en plena floración, más rojo y vibrante que nunca. Sus ramas se extendían como brazos protectores sobre toda la propiedad, y el suelo estaba completamente cubierto de flores carmesí, como una alfombra viva.
Sol llegó de la mano de su tía, con la mirada baja y los hombros encogid