Cincuenta años después del día en que Lia se sentó por última vez bajo el flamboyán, la casa frente al mar seguía latiendo.
Ahora era dirigida por la cuarta generación. Una joven de veinticuatro años llamada Elena, bisnieta de Daniela, era quien llevaba las riendas del proyecto. La casa había crecido: ahora contaba con cinco cabañas, un pequeño salón de clases y un huerto donde los niños cultivaban sus propios vegetales.
Era un mes de julio particularmente caluroso. El flamboyán, que ya era con