La primera semana completa en España había terminado y Lucas ya no sabía dónde se sentía realmente en casa.
Cada mañana se despertaba en aquella cama enorme con sábanas que olían a lavanda cara. Durante unos segundos se quedaba mirando el techo alto, desorientado. El silencio de la mansión era total. No había olas rompiendo contra las rocas como en su casa del mar, ni los gritos de Emma peleando con Mateo, ni la voz de su mamá llamándolo para desayunar. Solo el suave zumbido del aire acondicion