Junio llegó con un calor sofocante en Santo Domingo.
La casa junto al mar ya no era la misma. Las risas se habían apagado. Los juegos en el jardín eran más silenciosos. Emma había dejado de preguntar por Lucas y Mateo había empezado a llamar “papá” solo a Diego, como si quisiera borrar la ausencia de su hermano mayor.
Valeria había perdido peso. Sus ojos tenían ojeras permanentes y su sonrisa era solo una sombra de lo que fue. Diego se mantenía fuerte por fuera, pero por dentro cargaba una rabi