Tres meses después, Lucas seguía sin regresar.
Ya era abril y la ausencia se había convertido en una herida abierta que nadie en la casa mencionaba, pero todos sentían.
Valeria había cambiado. Ya no lloraba frente a los niños. Se había vuelto más callada, más delgada, con una tristeza permanente en los ojos. Diego se refugiaba en el trabajo y apenas hablaba. Emma había empezado a tener problemas en el colegio y Mateo ya casi no sonreía.
Esa tarde, mientras Valeria doblaba ropa en la sala, el te