La luna se alzaba sobre el cielo como una esfera plateada, enorme, pesada, vibrante. Desde temprano se sentía la energía antigua recorriendo el bosque, una corriente fría y densa que hacía que los lobos se inquietaran y las hojas susurraran como si supieran lo que estaba por ocurrir.
Elara estaba lista.
Ya no era la mujer débil y ensangrentada que Greta había encontrado en el bosque. Había recuperado el color, la fuerza, y sus ojos violetas brillaban con un poder que hacía que incluso Theo tragara saliva cada vez que la miraba.
A su lado, el pequeño Liam dormía en una manta, sostenido con extrema delicadeza por Lana, quien había insistido en cuidar al bebé esa noche para que Elara pudiera concentrarse.
Rafael caminaba junto a ellos, serio, con cada músculo tenso. Su presencia era un muro inquebrantable detrás de Greta y Theo.
Pero el Alfa… Theo no era un muro. No esa noche. Theo estaba temblando.
—Podemos esperar un día más —murmuró él sin poder evitarlo mientras avanzaban hacia el cl