Theo no había dejado de moverse desde que entraron a la habitación. Iba de un lado a otro como un lobo atrapado en su propia mente, con el ceño fruncido, el pecho agitado y las manos apretadas en puños. La habitación estaba en silencio… excepto por el golpeteo insistente de sus pasos sobre el piso.
Greta, sentada en la cama con las piernas cruzadas, lo observaba sin parpadear. Bark respiraba agitado dentro de ella, sintiendo cada estallido emocional del Alfa.
Elara había dado la noticia más devastadora:
si Bark regresaba al cuerpo de Theo sin purificar el veneno… moriría.
Y Greta, simplemente, no podía imaginar un mundo sin Bark.
Theo giró de nuevo, pasándose ambas manos por el cabello con frustración.
—Theo —dijo Greta con esa voz suave que solo le salía cuando intentaba sostenerlo— cálmate. No pasará nada malo.
Él se detuvo en seco, dándole la espalda. Su respiración era profunda, casi dolorosa.
—¿Y si pasa, Greta? —susurró con voz grave y rota—. ¿Y si te pierdo? ¿Y si algo sale mal