La noche había caído sobre la mansión del Alfa.
No era una noche normal.
No había risas, ni música, ni el murmullo habitual de las familias caminando por los pasillos.
Parecía que incluso las paredes contenían la respiración.
En la sala principal, iluminada solo con el fuego de la chimenea, estaban reunidos los pilares que decidirían el destino de la manada:
Theo, de pie, de brazos cruzados, con el aura blanca de Bark vibrando bajo su piel.
Greta, sentada a su lado, tranquila pero con los ojos encendidos por el poder de Azura.
Elara, con su bebé dormido en brazos, envuelta en una manta azul brillante.
Rafael, caminando de un lado a otro, inquieto, con energía contenida.
Lana, sentada en el sofá con postura firme, como si pudiera saltar y atacar en cualquier segundo.
La tensión en la sala era tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo.
Elara fue la primera en romper el silencio.
—Son trece. Y todos están infiltrados desde hace meses… quizá años. Si no los detenemos esta noche, e