La noche había caído sobre la mansión del Alfa.
No era una noche normal.
No había risas, ni música, ni el murmullo habitual de las familias caminando por los pasillos.
Parecía que incluso las paredes contenían la respiración.
En la sala principal, iluminada solo con el fuego de la chimenea, estaban reunidos los pilares que decidirían el destino de la manada:
Theo, de pie, de brazos cruzados, con el aura blanca de Bark vibrando bajo su piel.
Greta, sentada a su lado, tranquila pero con los ojos