La mañana llegó cargada de una tensión que casi podía palparse en el aire.
Elara, completamente recuperada, caminaba entre Theo y Greta hacia la arena. A sus espaldas venían Rafael y Lana, atentos, silenciosos, como si supieran que ese día marcaría el primer gran paso hacia la guerra.
La orden había sido clara:
Entrenamiento general para toda la manada.
Todos debían presentarse. Sin excusas.
Para los traidores…
—No hay mejor trampa que aquella donde creen estar a salvo —había dicho Elara la noc