Theo bajó las escaleras tomado de la mano de Greta, sus pasos sincronizados de una forma nueva, natural, como si la cercanía entre ellos ya no fuera una excepción… sino el inicio de algo inevitable.
En el gran salón principal, Hans estaba abrazando a Damia, quien reía mientras él la sostenía por la cintura.
Theo carraspeó con fuerza.
Hans dio un salto.
—Oh, ahí están —dijo con una sonrisa enorme—. Hermanita, debo volver a la manada. Quiero mostrarle el territorio a Damia. Ella será la futura luna de ese lugar, debe conocerlo.
Theo cruzó los brazos, pero sus ojos estaban brillando de orgullo.
Miró a Damia y le acarició la cabeza como si fuera su propia hermana.
—¿Estás contenta con esto? —preguntó.
Damia asintió con una sonrisa dulce.
—Más que nada, Theo.
Ella lo abrazó con fuerza, después giró hacia Hans.
—Hans es todo lo que soñé tener en un compañero.
—Ya, ya, ya —gruñó Hans, aunque se notaba feliz— No es como si no fueran a verse más. Estamos a una manada de distancia. Pueden visit