Mundo ficciónIniciar sesiónMientras me miraba en el espejo de la suite de la iglesia, apenas reconocía a la mujer que me devolvía la mirada. El encaje cubría cada centímetro de mi piel, ocultando los secretos de aquella noche en el club, esa última chispa de libertad que ahora se sentía como un sueño lejano. Mi padre entró en la habitación, ajustándose los puños de la camisa con una satisfacción que me revolvía el estómago.
—Es hora, Elena. No arruines esto. Los Valenti esperan a una mujer virtuosa. No le respondí. Simplemente tomé el ramo y caminé hacia la puerta. El trayecto hacia el altar fue un borrón de rostros conocidos y música nupcial. Sin embargo, mi vista solo estaba fija en él. Alessandro estaba de pie al final del pasillo, impecable en su traje oscuro. Se veía tan imponente como lo recordaba de nuestros años en la escuela, pero su expresión era distinta. No había rastro del hombre que actuaba con gentileza en la universidad, en su lugar, había un bloque de hielo. Él siempre fue mi amor silencioso. Recordé las veces que, en el campus, los chicos se burlaban de mí por mi forma de ser y mi manera de vestir, y él, sin decir mucho, simplemente se puso a mi lado y fue suficiente con una mirada de advertencia para que todos salieran corriendo, sintiéndose intimidados. A partir de ese momento nadie volvió a meterse conmigo, fue un gesto pequeño, algo sin importancia para él, pero para mí fue el momento en que le entregué mi corazón sin que él lo supiera. Al llegar a su lado, busqué un destello de reconocimiento, una señal de que podríamos intentar que esto funcionara. Pero Alessandro ni siquiera me miró a los ojos. Tenía la mandíbula tensa y consultaba discretamente su reloj, como si estuviera esperando poder terminar un trámite molesto. —Estamos aquí para unir en matrimonio a... —la voz del sacerdote comenzó a sonar de fondo. Noté que Alessandro tenía la mano apretada sobre el costado de su pantalón, y por un segundo, sacó su teléfono, lo miró con frustración y volvió a guardarlo. Parecía desesperado por estar en cualquier otro lugar. Una sonrisa amarga tiró de mis labios. Qué tonta fui al pensar que el destino nos estaba uniendo; simplemente estábamos pasando de una prisión a otra. La mía era la voluntad de mi padre; la de él, el deber con su apellido. Llegó el momento de los votos. Mis manos temblaban mientras sostenía las suyas. Él recitó sus palabras con una frialdad mecánica, sin una pizca de emoción. Cuando el sacerdote indicó que podía besar a la novia, Alessandro no se movió hacia mis labios. En su lugar, se inclinó ligeramente, invadiendo mi espacio personal de una forma que me hizo contener el aliento. Su aroma, ese mismo perfume que me había embriagado en el pasado, inundó mis sentidos, provocando que un escalofrío recorriera mi columna. Me acerqué instintivamente, esperando un gesto mínimo de ternura, pero lo que recibí fue una estocada. —No te confundas, Elena —susurró a mi oído con una voz cargada de desdén—. Las tácticas oportunistas de tu familia para forzar este matrimonio me resultan repugnantes. No esperes nada de mí. Se apartó de inmediato, manteniendo una distancia gélida. El sacerdote nos declaró marido y mujer, pero yo me sentía más sola que nunca. El contacto de su piel contra la mía, aunque fuera para ese susurro cruel, había despertado sentimientos que creía haber enterrado. Mi cuerpo lo recordaba, mi corazón todavía latía por él, pero para Alessandro Valenti, yo no era más que el precio de un negocio sucio. Caminamos juntos hacia la salida de la iglesia mientras los invitados aplaudían. Yo mantenía la cabeza alta, fingiendo la sonrisa que todos esperaban, mientras por dentro me daba cuenta de que acababa de casarme con el hombre que amaba, solo para convertirme en el objeto de su odio.






