Tengo que volver a bailar

La luz de la mañana se filtraba por las cortinas de seda del ático, pero no traía ningún alivio. Me senté a la mesa del desayuno, manteniendo la espalda recta y el rostro sereno, tal como me habían enseñado desde niña. Al otro lado, Alessandro leía unos informes mientras tomaba su café. No pude evitar observarlo por encima de mi taza. Seguía siendo ese hombre de facciones impecables y presencia magnética que recordaba de la escuela, pero ahora su belleza me resultaba lejana, casi hiriente.

Él notó mi mirada y frunció el ceño sin apartar la vista de sus papeles.

—Esta noche tengo asuntos de trabajo —dijo con voz gélida—. No es necesario que me esperes para cenar.

—Entiendo —respondí con sencillez, bajando la vista a mi plato.

No hubo más palabras. Se levantó, ajustó su saco y salió del departamento sin despedirse. Apenas cerró la puerta, el silencio me envolvió, pero no duró mucho. El vibrar de mi teléfono sobre la mesa me sobresaltó. Era de parte del hospital.

—¿Diga? —contesté, sintiendo un nudo inmediato en el estómago.

—Señora Valenti, lamento informarle que su madre ha presentado complicaciones graves tras la cirugía. Necesitamos administrarle un medicamento específico para estabilizar su sistema, pero es un tratamiento de alto costo que no está cubierto por el depósito inicial.

—Hagan lo que sea necesario, yo me encargo del pago —dije, sintiendo que el pánico empezaba a escalar por mi garganta.

Colgué y, sin dudarlo, marqué el número de mi padre. Necesitaba que liberara los fondos que había prometido para el cuidado de mi madre.

—Papá, el hospital me acaba de llamar. Mamá necesita un medicamento urgente y...

—No voy a gastar un centavo más en esa mujer, Elena —me interrumpió él, con una frialdad que me dejó sin aliento.

—¿De qué estás hablando? ¡Ella fue tu esposa! Esa empresa la fundaron los dos, ella puso su patrimonio y su vida en ese negocio —supliqué, mientras las lágrimas empezaban a rodar por mis mejillas—. Por favor, solo es un medicamento.

—Escúchame bien —su voz se volvió amenazante—. Si quieres que ayude a tu madre, tendrás que ser útil. Dile a tu esposo que me ceda el proyecto de construcción de la zona norte. Si él firma la transferencia del contrato a mi nombre, yo pagaré lo que haga falta en el hospital. De lo contrario, no me vuelvas a llamar.

El teléfono se quedó en silencio. Me quedé mirando la pantalla, incrédula. Mi propio padre me estaba extorsionando usando la vida de mi madre como moneda de cambio.

Recordé las palabras de Alessandro la noche anterior: *"No interfieras en mi vida"*. Sabía que si iba a su oficina a pedirle que cediera un proyecto millonario por un asunto de mi familia, lo único que conseguiría sería confirmar su desprecio hacia mí. Pero no tenía otra opción.

Llegué a la empresa de los Valenti una hora después. La recepcionista, una mujer de mirada altiva, me detuvo antes de que pudiera acercarme al ascensor privado.

—Lo siento, señora Valenti, pero el señor Alessandro está en una reunión privada y ha dado órdenes estrictas de no ser interrumpido.

—Es urgente, dígale que su esposa ha venido a buscarlo.

Ella hizo una llamada rápida y me miró con una mezcla de lástima y frialdad.

—El señor dice que, si el asunto está relacionado con negocios o peticiones familiares, no tiene tiempo para recibirla. Ha dejado claro que usted no tiene derecho a intervenir en los asuntos de la empresa.

Sentí como si me hubieran dado una bofetada en público. Me di la vuelta y salí del edificio, caminando sin rumbo por las calles de Nueva York. El orgullo me dolía, pero el miedo por mi madre era mayor. Fui al hospital y entregué hasta el último centavo de mis ahorros personales, pero sabía que no sería suficiente para cubrir el tratamiento completo.

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y saqué de mi bolso la tarjeta arrugada que había guardado. Era el contacto del gerente del bar donde solía bailar.

Si Alessandro quería una esposa que no interfiriera en su vida, se la daría. Pero si el mundo que él me ofrecía me cerraba las puertas para salvar a mi madre, entonces regresaría al único lugar donde mi máscara me daba el poder de conseguir lo que necesitaba.

Marqué el número mientras contenía el sollozo.

—Hola, soy yo... Necesito volver a bailar esta noche.

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