Ficha de intercambio

Entré en la mansión por la puerta de servicio, moviéndome con cuidado para no despertar a nadie. Mis pies descalzos apenas hacían ruido sobre el mármol. Me escabullí en mi habitación y puse el cerrojo. Me deshice de la ropa que usé en el club y la escondí en el fondo del armario. Después de una ducha rápida, me acosté, pero el recuerdo de la fuerza de aquel hombre y la intensidad de lo que pasó en la oscuridad no me dejaba conciliar el sueño, todavía podía sentir como sus manos acariciaban mi piel, el sabor de sus besos sobre mis labios. Pero no, no podía seguir pensando en eso, tenía que sacarlo de mi mente, aquello sólo había sido una locura, un momento sublime, pero una locura al fin.

A la mañana siguiente, bajé al comedor. Mi padre ya estaba allí, revisando unos documentos mientras desayunaba. Me miró con una seriedad que ya conocía.

—Elena, siéntate. Tenemos que hablar del futuro de esta familia.

Mi madrastra, Beatriz, entró en ese momento y se sentó a mi lado con una sonrisa fingida.

—Hemos hablado con los Valenti —continuó mi padre—. Como sabes, nuestras familias siempre han sido cercanas y existe un gran aprecio mutuo. Alessandro es un buen muchacho y creemos que ya es momento de formalizar una unión. El matrimonio se llevará a cabo lo antes posible.

El corazón me dio un vuelco. ¿Alessandro? Lo conocía desde que éramos niños. Habíamos compartido veranos, fiestas familiares y asistido a la misma escuela. Siempre había estado enamorada de él en secreto, guardando ese sentimiento en lo más profundo porque sabía que para él yo solo era la hija de los amigos de sus padres. Una niña invisible.

—¿Alessandro aceptó esto? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.

—Es lo mejor para ambas familias, Elena. Los Valenti están de acuerdo y nosotros necesitamos su respaldo para estabilizar nuestras inversiones —respondió mi padre sin rodeos.

—Los Valenti están de acuerdo, no Alessandro—. Apreté los puños bajo la mesa. No podía prestarme a ese sucio juego, ni Alessandro ni yo nos merecíamos algo así.

—De ninguna manera aceptaré esto, papá, es una locura, no puedes venderme como si yo fuera simple mercancía, Alezandro no me quiere, ¿qué clase de matrimonio tendremos si nos obligan?, yo no pienso ser una mujer infeliz toda la vida, definitivamente no voy a cometer el error más grande de mi vida solo para darte gusto, no me casaré con alguien que no me ama y es mi última palabra —dije firmemente.

—Tu harás exactamente lo que se te ordene, o de lo contrario tu madre pagará las consecuencias, o te casas con Alezandro o no habrá un solo centavo más para seguir solventando los gastos médicos de tu madre en esa clínica tan costosa —amenazó mi padre sin piedad.

No podía creer que papá se estuviera aprovechando del estado de salud de mi madre para salirse con la suya, era un hombre sin escrúpulos al que no le importaba lo que tuviera que hacer con tal de conseguir lo que se proponía.

—¿Cómo puedes hacer esto? Ella es tu esposa, fundó la empresa contigo. Ese dinero le pertenece por derecho!

—Exesposa —añadió el padre con total indiferencia.

Lo miré con incredulidad, a ese hombre frío y falso, y al ver que en su rostro no había el más mínimo indicio de emoción, finalmente comprendí que no sentía absolutamente nada por mi madre.

—...Está bien, aceptaré casarme con Alezandro, pero con una condición, Tienes que pagar la operación de mi madre y todo su tratamiento en la clínica privada.

Beatriz dejó caer la cuchara en su plato, indignada.

—¡Eso es una locura! Gastar esa fortuna en una mujer que ya no tiene salvación, es un desperdicio. Ese dinero debe reservarse para la universidad de mi hija, sus estudios en el extranjero son la prioridad ahora.

—No me importa la universidad de tu hija —le espeté, girándome hacia mi padre—. Sabes que necesitas esta alianza con los Valenti para salvar la empresa. Si no pagas la cirugía, no habrá boda. Tú decides.

Mi padre guardó silencio durante unos segundos que me parecieron eternos, evaluando la situación. Sabía que no estaba bromeando, y que esta vez no estaba dispuesta a ceder, la vida de mi madre era demasiado importante para mí, así que tendría que aceptar si quería que ese matrimonio se llevara a cabo.

—Está bien —cedió finalmente—. Haré la transferencia hoy mismo. Pero mañana quiero que estés lista para firmar el compromiso oficial.

No esperé a que terminara de hablar. Salí de la casa y fui directo al hospital.

En el hospital.

Hablé con el médico y le entregué los comprobantes de pago.

—Por favor Doctor, opere a mi madre de inmediato y haga hasta lo imposible por salvarle la vida, se lo suplico —le pedí con los ojos llenos de lágrimas.

Pasé horas esperando en el pasillo, caminando de un lado a otro con el alma en un hilo. Cuando el doctor salió, su expresión no era la que yo esperaba.

—La operación terminó, Elena. Pudimos estabilizarla, pero ha caído en un coma profundo. No podemos asegurar cuándo despertará o si en algún momento lo hará, lo siento mucho, pero sólo nos queda esperar un milagro.

Entré a la habitación y me senté junto a ella. Su rostro se veía pálido, no era ni la sombra de la mujer que solía ser en el pasado. Tomé su mano, que se sentía muy delgada y fría, la miré fijamente, tratando de encontrar a ese Angel que me acariciaba el cabello hasta que me quedara dormida, me fue imposible contener el llanto.

—Ya está hecho, mamá, ahora lo demás depende de ti, tienes que ser muy fuerte, no puedes dejarte vencer, yo te necesito, por favor, vuelve —susurré, conteniendo el nudo en mi garganta—. Vas a recibir la mejor atención. Yo vendré a verte todos los días, te lo prometo mamita.

Salí del hospital con la sensación de que mi vida acababa de cambiar para siempre. Había salvado a mi madre, pero a cambio, me entregaría a un hombre que probablemente nunca me amaría como yo a él.

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