Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en el ático de Manhattan era gélido, roto únicamente por el sonido metálico de Alessandro al despojarse de su reloj de pulsera. Me quedé de pie junto a la ventana, observando las luces de la ciudad, mientras el peso del vestido de novia se convertía en una carga insoportable. Él se aflojó la corbata con un gesto brusco, denotando una impaciencia que no se molestó en ocultar.
—Vamos a dejar las cosas claras desde el principio, Elena —dijo sin mirarme. Su voz era cortante, despojada de cualquier calidez—. No estoy interesado en una mujer como tú. Me giré lentamente, sintiendo una punzada de dolor en el pecho. Alessandro caminó hacia el minibar, sirviéndose un vaso con un licor ámbar. —Este matrimonio es una maldita transacción que nuestras familias forzaron por pura conveniencia —continuó, fijando finalmente sus ojos en los míos, cargados de una frialdad absoluta—. No quiero que albergues esperanzas de que esto se convierta en algo real. No anheles sentimientos imposibles entre nosotros. En público, mantendremos la imagen que el mundo espera: seremos la pareja perfecta. Pero en privado, te exijo que no interfieras en mi vida. —Alessandro, yo solo quería... —intenté decir, pero él me cortó con un gesto de la mano. —No me importa lo que quieras. Cumple con tu papel ante la sociedad y frente a mis padres. El resto del tiempo, haz lo que quieras, solo se discreta y no me causes problemas, ahora llevas mi apellido y debes mantener las apariencias. Se dio la vuelta y se retiró hacia su habitación, cerrando la puerta con una firmeza que sonó como una sentencia. Me senté en el borde del sofá, procesando sus palabras. A pesar de su rechazo, el recuerdo de aquel chico que me había ayudado años atrás seguía vivo en mi memoria. No quería que viviéramos como extraños en guerra; quería agradecerle por lo de aquel entonces y tratar de establecer una convivencia armoniosa. Tras pensarlo unos minutos, decidí que debía intentar un acercamiento. Caminé hacia su dormitorio y levanté la mano para llamar a la puerta, pero me detuve en seco al escuchar su voz. Estaba hablando por teléfono y su tono era de una urgencia agresiva que nunca le había escuchado. —¿Alguna novedad? —preguntó Alessandro. Se hizo un silencio breve y luego su voz subió de tono—. ¡No quiero sus malditas excusas! Quiero que la encuentren cueste lo que cueste. Necesito tener a esa mujer frente a mí lo antes posible, no me importa lo que tengan que hacer. ¡Búsquenla hasta debajo de las piedras si es necesario! Bajé la mano lentamente, sintiendo que el aire se escapaba de mis pulmones. Mis dedos rozaron la madera de la puerta, pero no me atreví a tocar. Comprendí en ese instante que Alessandro ya tenía a alguien en su corazón, una mujer que lo tenía desesperado, alguien a quien buscaba con una pasión que nunca sentiría por mí. Una oleada de decepción me recorrió. Comprendí que no importaba cuánta buena voluntad pusiera de mi parte; para él, yo siempre sería invisible. No había espacio para mí en su vida, ni siquiera como una amiga. Regresé a mi habitación en silencio. Mientras me deshacía del vestido blanco, tomé una decisión. Ya no intentaría ganarme su favor ni buscaría ese rastro de bondad que creía recordar. Mi energía se concentraría en lo único que de verdad importaba: mi madre. Me acosté en la cama, mirando al techo en la oscuridad. Aguantaría esta farsa el tiempo necesario para asegurar la salud de mi madre. En cuanto ella despertara y estuviera fuera de peligro, buscaría la forma de marcharnos para siempre.






