Mila
El miedo y el deseo son dos caras de la misma moneda, y en ese instante, con la punta de su polla presionando mi entrada dilatada, sentí ambas cosas. Dimitri no me dió tiempo a dudar. Me agarró de las caderas con sus manos enormes, fijándome en mi sitio sobre el mármol, impidiéndome retroceder.
—Respira, Mila —ordenó, su voz tensa—. No te pongas nerviosa o te va a doler.
Empujó dentro de mí despacio. Un gemido ahogado murió en mi garganta cuando su glande, grueso y duro como el hierro, rompió la resistencia de mi coño. Me llenó lentamente, como una deliciosa tortura.
Me sentí abrirme, estirarme más allá de lo que creía posible ante su invasión. Mis paredes se ajustaron a su circunferencia, envolviéndolo en un abrazo apretado y húmedo.
Sentía su erección reclamando espacio dentro de mí, llenándome hasta que sentí que me partía en dos. Cuando finalmente hundió las caderas y chocó contra mis glúteos, sentí su punta tocar lo más profundo de mi vientre.
—Joder… —gruñó él, e