Mila
—No quiero que te detengas —repetí, mi voz apenas un hilo, pero cargada de una decisión inquebrantable—. Olvida el contrato. Quiero que me tomes, Dimitri.
Dimitri soltó un suspiro que sonó como un animal enjaulado rompiendo los barrotes. Sus pupilas se dilataron tanto que el gris de sus ojos desapareció en un pozo negro de lujuria.
—Como desees, kotyonok.
Lentamente, soltó mi cintura, pero no se alejó. Sus manos grandes bajaron por mis muslos, trazando el camino con una presión posesiva, separando mis rodillas con una fuerza que no admitía resistencia. Y entonces, el hombre que había matado para protegerme, el gigante estoico que hacía temblar a otros con una mirada, cayó de rodillas ante mí.
La imagen era devastadora. Dimitri, enorme y ancho de hombros, arrodillado entre mis piernas abiertas en ese baño de mármol, mirándome como si yo fuera una deidad a la que estaba a punto de sacrificar… o devorar.
—Ábrete más —ordenó, su voz ronca vibrando contra la piel de mis muslos interno