Mila
—No quiero que te detengas —repetí, mi voz apenas un hilo, pero cargada de una decisión inquebrantable—. Olvida el contrato. Quiero que me tomes, Dimitri.
Dimitri soltó un suspiro que sonó como un animal enjaulado rompiendo los barrotes. Sus pupilas se dilataron tanto que el gris de sus ojos desapareció en un pozo negro de lujuria.
—Como desees, kotyonok.
Lentamente, soltó mi cintura, pero no se alejó. Sus manos grandes bajaron por mis muslos, trazando el camino con una presión posesiva, s