Aurelia
El ventanal de piso a techo del ático ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada bajo la lluvia, millones de luces parpadeando como diamantes sobre terciopelo negro. Pero yo no podía apartar la vista de mi propio reflejo en el cristal, ni del hombre que estaba de pie detrás de mí, ajustándose los gemelos de oro en los puños de su camisa inmaculada.
Amos.
Llevaba un esmoquin hecho a medida que acentuaba la anchura depredadora de sus hombros y esa elegancia fría y aristocrática que lo hacía parecer intocable. Yo, en cambio, sentía que ardía.
El vestido que él había elegido para mí era una segunda piel de seda negra, con una espalda descubierta que bajaba peligrosamente y un corte lateral que dejaba mi pierna expuesta con cada paso.
—Gírate, Aurelia.
Su voz era tranquila, un barítono suave que no necesitaba elevarse para exigir obediencia absoluta. Un escalofrío, mezcla de temor y excitación pesada, recorrió mi columna vertebral. Me giré despacio, sintiendo e