Jessica
La música de la orquesta llegaba amortiguada a través de las pesadas puertas de roble, un murmullo distante y elegante que contrastaba con el caos que martilleaba en mi pecho.
Sabía que no debía estar allí. Sabía que si mi padre me encontraba merodeando por el ala este de la mansión, me llevaría de la oreja de vuelta al salón de baile. Pero no estaba buscando a mi padre.
Estaba buscando al dueño de la casa.
Empujé la puerta de la biblioteca sin llamar. El aire dentro estaba cargado con el aroma de los libros y esa colonia cara y amaderada que Alexander usaba desde que tengo memoria. Un aroma que invadía mis sueños más sucios.
Él estaba allí, tal como imaginaba.
Su imponente altura se alzaba junto a la chimenea apagada, tenía un vaso de cristal en la mano y la otra metida en el bolsillo del pantalón de su traje hecho a medida. Se había quitado el saco y las mangas de su camisa blanca estaban arremangadas, revelando sus fuertes antebrazos, cubiertos por una fina cap