Mila
La lluvia golpeaba contra las ventanas de la casa de seguridad como si el cielo mismo quisiera entrar para terminar lo que aquellos hombres habían empezado en la autopista. Pero el peligro exterior ya no me importaba. Mi mundo se había reducido a las cuatro paredes de mármol frío del baño principal y al hombre que ocupaba casi todo el espacio frente a mí.
Dimitri.
Estaba junto al lavabo, con la respiración agitada, una cadencia pesada que llenaba el silencio. Su camisa blanca, esa que siempre llevaba inmaculada bajo el traje a medida, estaba arruinada. La tela empapada se adhería a su torso como una segunda piel, volviéndose translúcida, revelando el mapa de músculos tensos y la mancha oscura de sangre que florecía en su costado derecho.
—Espera afuera, Mila —gruñó, su voz sonando más ronca de lo habitual, una vibración grave que sentí en el centro de mi pecho—. Puedo hacerlo solo.
—Ni lo sueñes.
Me acerqué, ignorando el temblor en mis propias manos. No era miedo. Ya no. Era esa