Madison
Mi cuerpo simplemente obedeció a la órden de Preston. Su mirada sostuvo la mía mientras me dejaba caer lento sobre su polla. Ahogué un jadeo, echando la cabeza hacia atrás, mientras mis paredes internas se estiraban para acomodar su grosor. Fué una invasión masiva y una fricción tan exquisita que me dejó sin aliento.
Preston gruñó, un sonido gutural, masculino y excitante.
Sus manos se aferraron a mi cintura con fuerza, sus dedos hundiéndose en mi piel para mantenerme estable mientras yo terminaba de hundirme hasta la base, uniendo nuestros cuerpos con un choque húmedo y definitivo.
—Joder, Madison... —siseó con la mandíbula tensa, las venas de su cuello marcadas por el esfuerzo titánico de no embestirme de golpe—. Te sientes tan jodidamente bien.
—Muévete —pidió, su voz ronca rasgando el silencio—. Úsame, Madison.
El instinto tomó el control. Comencé a mecerme sobre él, probando la fricción, sintiendo cómo su textura firme masajeaba mis puntos más sensibles con cada subida y