Valentina
El champán en mi copa se había acabado hacía varios minutos, casi al igual que mi paciencia.
Llevábamos dos horas en esa gala benéfica. Ciento veinte minutos de sonrisas falsas, saludos diplomáticos y el suave tintineo de joyas carísimas contra el cristal. Y durante ciento veinte minutos, Michael no me había mirado ni una vez.
Estaba junto a mí, por supuesto. Mi esposo era la imagen de la perfección masculina, una estatua tallada por un dios caprichoso que decidió dotarlo de todo el a