Valentina
El silencio dentro del deportivo no era paz, sino un cristal frágil al borde de hacerse pedazos. Michael no conducía rápido por el placer de la velocidad, sino para quemar la energía oscura que emanaba de su cuerpo tenso y fuerte.
Yo no miraba la carretera. Lo miraba a él.
Mis ojos trazaron el recorrido de su cuello hacia su mandíbula tensa, la forma en que su camisa blanca, inmaculada, se estiraba sobre sus hombros anchos.
Estaba furioso, sí, pero esa furia le daba un aura de poder absoluto que hacía que mis muslos se apretaran y sintiera mi humedad empapar mi coño desnudo.
La atmósfera era tan densa que me costaba respirar.
Necesitaba romper ese muro de hielo o terminaría perdiendo la cabeza.
—Michael… —mi voz fué un susurro.
—No —cortó él, sin apartar la vista del frente. Su tono no fué un grito, sino una sentencia dicha con una calma casi inquietante—. No intentes justificarlo.
—No me estoy justificando —repliqué, sintiendo esa mezcla de miedo y excitación subir por mi