Grecia entró en la cocina sonriendo, ajena a lo que había ocurrido entre Monserrat y Guillermo minutos antes. Su risa iluminaba el ambiente, y su presencia traía consigo una brisa de frescura que contrastaba con la tensión que había impregnado el lugar.
—Por fin se durmieron los niños. Es un alivio, ahora sí podremos tomar ese café a gusto —dijo Grecia, dejando escapar un suspiro de cansancio que aliviaba la carga de un día largo. Sin embargo, al mirar a su alrededor, notó la expresión de amb