Joaquín estaba en esa celda, sus ojos enrojecidos, no había llorado desde que creyó que ella murió, y ahora se sentía muerto en vida.
«¡Te amo tanto, Diana! Solo por ti detuve mi venganza, pensé que hacía lo correcto, que tu padre era mi peor enemigo y yo debía ser el verdugo, sé que hice mal, sé que te dañé, me disté lo mejor de ti y me amaste tanto, hasta que supiste la verdadera razón por la que me acerqué a ti.
Duele, sé que duele, saber que no crees en mí, sé que piensas lo peor, pero, dime