La puerta resonó con un golpe firme, rompiendo la calma que reinaba en el cuarto. Rafael giró la cabeza hacia el sonido, pero no antes de ver la alarma en los ojos de Aimé. Ella se puso de pie de inmediato, buscando refugio como un animal herido.
—Es Zafiro —dijo en un susurro tembloroso.
Rafael frunció el ceño, percibiendo la oleada de vergüenza que cruzaba el rostro de Aimé.
—Aimé… no necesitas hacer esto.
—Por favor… —suplicó ella, antes de apresurarse hacia el armario. Sus manos temblorosas