Cuando Rodolfo se enteró de lo que estaba pasando, su corazón parecía estallar en su pecho. La impotencia lo consumía. Había pasado noches sin dormir, imaginando el futuro de su nieto en manos de un hombre como Martín. No podía permitirlo, no lo soportaría. En un arrebato de desesperación, convocó a Joaquín, Ónix y Rafael a su despacho, un lugar que ahora se sentía más frío y vacío que nunca.
—¡No pueden permitir que ese desgraciado se quede con mi nieto! —bramó Rodolfo, golpeando con fuerza el