—Los dejaré a solas —dijo el médico, con voz grave, y salió de la habitación, dejando a los tres en un silencio espeso, cargado de tensión.
Ónix se giró hacia Ana, su mirada fría y dura como el acero, sus ojos oscilando entre la incredulidad y la rabia.
El aire se volvió denso, como si el mismo ambiente supiera que algo terrible estaba a punto de suceder.
—¿Qué quieres para aceptar ser la donadora? —preguntó, su voz tensa, una mezcla de amenaza y desafío.
Ana le respondió con una sonrisa cruel q