Los días comenzaron a parecerse demasiado entre sí, como si viviéramos dentro de una rutina cuidadosamente construida para sostenernos sobre el vacío.
Alex mantenía su papel de esposo perfecto con una dedicación casi obsesiva. No había grietas, no había arranques. Cada palabra suya estaba medida, cada gesto buscaba probarme algo, convencerme, arrancar de mí una señal de alivio que no terminaba de llegar.
Y sin embargo, yo me sentía caminando sobre cristales: cualquier paso en falso podía romper