El aire de la calle me recibió como un golpe en el rostro. Caminé sin rumbo fijo, con las lágrimas aún ardiendo y el corazón convertido en un campo de ruinas. La ciudad bullía con normalidad: coches pitando, gente entrando y saliendo de oficinas, parejas que se detenían a besarse en las esquinas. Todo seguía como si mi mundo no se hubiera desplomado hace apenas unos minutos dentro de aquel café.
Me apoyé contra una farola para recuperar el aliento, pero la respiración era un animal salvaje que