No supe cuánto tiempo permanecí de pie en el recibidor después de que Alex se marchara. Solo recuerdo el sonido de la puerta cerrándose, un golpe seco que me atravesó el pecho como una sentencia. Quise correr tras él, pero mis piernas no respondieron. Me quedé ahí, con el eco de su ruego aún en los oídos: “No me dejes, Isla. Por favor”.
Esa noche apenas dormí. La cama de mi infancia, que tantas veces había sido refugio, se sentía ahora demasiado grande, demasiado fría. Me acurruqué bajo las mant