La noche caía sobre la ciudad con un manto pesado, apagando los ruidos del tráfico y dejando que la oscuridad se filtrara entre las calles vacías. Conducía de regreso a casa de mi madre con el corazón todavía latiendo con fuerza, exhausta, pero con la sensación de haber reclamado algo que me pertenecía: mi verdad.
Al llegar, el portón estaba entreabierto. Rosa no estaba en la entrada y el silencio de la casa era inquietante. Abrí la puerta principal con cautela y avancé por el vestíbulo, espera